Un proyecto para saber de qué se muere en el mundo

ElPaís.es | lunes, 29 de junio de 2015

Cada año mueren en el mundo 1,7 millones de personas de sida, 1,5 millones de tuberculosis, casi un millón de neumonía, 640.000 de malaria. La mayoría de ellas vivía en países en desarrollo y muchas estaban entre los más pobres de los pobres, a menudo sin luz ni agua corriente. En estas condiciones, ¿cómo se sabe con exactitud la causa del fallecimiento? La respuesta corta es que tal precisión no existe. Un proyecto liderado por investigadores españoles pretende aclarar los datos en los próximos años.

Donde no cuentan con los medios para hacer autopsias, es decir, en la mayor parte del mundo, hasta ahora existen dos métodos para determinar la causa del fallecimiento: el diagnóstico clínico, que tiene un error de entre un 30% y un 50% (según varios estudios en países en desarrollo, como este), y lo que se denominan “autopsias verbales”, entrevistas que se realizan a los familiares del difunto mediante las cuales los investigadores indagan en los síntomas que tenía y hacen una estimación de la causas. Estos testimonios, con la imprecisión propia de un lego en medicina y con el tamiz del tiempo -a menudo se efectúan meses después del deceso-, pueden dar pistas, pero tienen una fiabilidad muy relativa.

Así, las estadísticas que usa la Organización Mundial de la Salud y otros organismos internacionales sobre mortalidad causada por infecciones son simples aproximaciones a la realidad. Y cuanto más lejos se quedan de ella, más complicado es luchar contra las enfermedades que matan a millones de personas cada año: no existen buenos criterios para enfocar los tratamientos, las investigaciones, para detectar y cuantificar las epidemias…

El proyecto coliderado por los investigadores de ISGlobal Quique Bassat, Clara Menéndez y Jaume Ordi, pertenecientes al CIBERESP, busca conocer las causas exactas de las muertes en el mundo a través de Autopsias Mínimamente Invasivas (MIA, por sus siglas en inglés). Mediante agujas, extrayendo pequeñas cantidades de tejido de los principales órganos del cuerpo, y con un posterior análisis, la MIA puede determinar con bastante exactitud las causas de la muerte de una persona, según explica Bassat en el Centro de Investigación en Salud de Manhiça (CISM) en Mozambique, donde está desarrollando la investigación. “Una de las ventajas que tiene es que no hace falta que sean médicos quienes extraigan el tejido, ni siquiera personal sanitario. Cualquiera con un entrenamiento de tres semanas puede completarlo con garantías”, asegura.

La novedad que aporta el protocolo, bautizado como Cadmia, no son las extracciones en sí —ya existían varias investigaciones que las estaban probando—, sino cómo combinarlas para poder realizar una autopsia efectiva con el mínimo coste posible. De hecho, el método para que tenga la mayor costo-efectividad (los mejores resultados con la mínima inversión) todavía se encuentra en revisión. “Estamos tratando de simplificar la metodología al máximo. Hemos descubierto que las muestras de algunos órganos aporta poca información, por lo que no merece la pena extraer y analizar de ellos. Con restos de pulmón, cerebro, sangre, hígado y líquido cefalorraquídeo (que baña el encéfalo y la médula espinal) quizás se podrían determinar la gran mayoría de las muertes. Dentro de estos, las dolencias que afectan a los dos primeros son las más mortales”, explica Bassat.

Además de la vertiente científica, otro de los focos de la investigación es la social y antropológica. La manipulación de los difuntos no es sencilla en ciertas culturas y religiones. En este sentido, las ventajas de este método con respecto a una autopsia convencional son evidentes: no hay que diseccionar el cadáver, no es necesario extraer órganos. Se basa en simples pinchazos, que parecen ser mucho más aceptados, cuenta Bassat. El estudio se ha desplegado en cinco países para comprobar la respuesta en distintas culturas: Mozambique, Kenia, Gabón, Pakistán y Malí.

A finales de año será el momento de determinar exactamente el protocolo y comenzar a aplicarlo en seis lugares del mundo. Manhiça será uno de ellos, pero el resto está por determinar. El plan es que en los próximos 20 años se extienda a un total de 25 países. En las pruebas que se han hecho hasta ahora, la correlación entre este nuevo método y la autopsia completa ha sido del 80%. Y han encontrado sorpresas. Por ejemplo, la prevalencia de la tuberculosis como causa de muerte era más alta de lo que se pensaba: hasta un 15% de los casos analizados por el equipo del CISM.

El pasado 3 de junio, en Bruselas, Melinda Gates dijo que la fundación que lleva su nombre (y la de su marido Bill) después de muchos años aportando dinero para luchar contra estas enfermedades había decidido pararse a revisar todo lo que estaban haciendo. Una de sus conclusiones fue que la medición y la cuantificación era clave para decidir dónde continuaban destinando el dinero de la organización que más fondos aporta al desarrollo en el mundo. Quizás por eso han decidido apoyar con 75 millones de dólares durante los tres próximos años en el proyecto de Bassat, antes incluso de que esté cerrado el protocolo de actuación. Información como esta, a gran escala, puede servir para redirigir las políticas sanitarias de los países y para salvar vidas. Porque sabiendo las causas de las muertes pasadas se pueden evitar muchas futuras.